Bajo la dirección creativa de Glenn Martens, Maison Margiela se adentra esta temporada en una fantasía gótica del norte. Las Flandes medievales, interiores renacentistas y motivos barrocos se entrelazan con referencias pictóricas simbolistas. Siluetas verticales y cuerpos escultóricos evocan una arquitectura sagrada convertida en moda.
Los looks giran en torno a un corsé anatómico cortado bajo las costillas y en la pelvis. Esta estructura esculpe el torso como si fuera una reliquia. Drapajes húmedos, plásticos transparentes y materiales moldeados intensifican esta teatralidad entre cuerpo, escultura y misticismo.
Fiel al ADN de la maison, la colección reinterpreta materiales humildes: papel de impresora, brocados antiguos, bisutería vintage, cuero de motorista reciclado. Incluso las máscaras —hechas con cajas metálicas comprimidas— trasladan el foco del rostro al oficio artesanal. El reciclaje aquí se convierte en poesía visual.
Los tejidos se inundan de imágenes: naturalezas muertas holandesas, papeles pintados florales en cuero, trompe-l’oeil inspirados en Gustave Moreau. Imprimidos sobre tul, satén, plástico o papel, estos motivos adquieren volumen, generando dobladillos alados, bustiers velados y prendas que parecen lienzos vivos.
La Tabi se transforma en versiones con garras, elaboradas en cuero pintado, plástico o brocado, sobre plataformas de plexiglás. También aparece la bota Santiago sin tacón. El calzado se convierte en objeto ritual y escultural, entre reliquia y experimento futurista.
Porque condensa la esencia de Maison Margiela en una obra total: sensorial, erudita y profundamente material. Glenn Martens orquesta un teatro textil donde cada puntada, superficie y silueta proclama el poder de la moda para recordar, subvertir y trascender.
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